Comentario sobre la Segunda de The Handmaid’s Tale (spoiler free)

Ya hablamos de libro y de primera temporada. Libro cubre primera temporada. Segunda temporada impresiona impresionables. Segunda temporada conmueve inconmovibles.
Que el párrafo anterior esté escrito de manera tan rudimentaria no es antojadizo: responde a que la segunda temporada de The Handmaid’s Tale despierta sentimientos primales, porque es brutal y violenta y cruel a un nivel muy superior a la primera.
Yo soy medio bestia con las ficciones, veo cualquier cosa y no le hago asco a la sangre ni al sufrimiento del fulano que esté en la pantalla. No obstante, esta segunda temporada es jodida de ver. La opresión, la injusticia, la desigualdad y la crueldad son tan altas en esta historia que se vuelven un sinsentido. ¡Y qué difícil para la psiquis lidiar con algo a lo que no se le puede dar sentido!
La segunda temporada todavía está en curso, pero aún así puedo sacar un par de conclusiones preliminares. El primer episodio te pega un sacudón para el que por lo menos yo no estaba preparada, porque el hiato entre primera y segunda me desensibilizó un toque. Capítulo a capítulo se redobla la apuesta, si bien me parece que el 2×01 es el más difícil de ver.
¿Qué cosas me ponen absolutamente manija de la historia? El personaje de Serena Joy. La complejidad que tiene esa mujer, que arruina el mundo pero que maneja una influencia que me mata y tiene las mejores cejas del universo y es cruel por momentos y blah. Babas. Lo único que me embola hasta límites insospechados son las relaciones amorosas que sostiene la protagonista con un flaco etcétera. Ah, y el gilún de Waterford.

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Las sensaciones que genera esta serie son variadas y superpuestas: no sabés si pegarle una piña a la pantalla, esconderte abajo de la cama o ir sacando la ciudadanía canadiense. Al mismo tiempo, no podés parar de ver.
El universo Gilead demuestra que hay formas de tortura que exceden las violencias físicas y psicológicas. De las bestialidades que afectan la integridad física de las mujeres

Hay muchas formas de torturar a una persona, y en este universo cruel casi que se dan todas: privarla de información (esto es lo que más me aterra de la lista), de estímulos, de auténticos vínculos sociales, cosificarla. Otra terrible: obligarla a vivir. O sea, prácticamente todo está penalizado con la muerte en ese país distópico del diablo, pero no es que podés elegir cómo morir. Bah, no podés elegir nada. Es  puro destino manifiesto.

Convengamos que también se tortura un poco al espectador…nada más que el espectador puede elegir someterse a dicho tratamiento.

Por último: creo que en el post anterior que escribí sobre esta serie dije que me parecía un poco exagerado encontrar tantos paralelismos con lo que pasa hoy en nuestra sociedad. Eso fue antes de que se de el debate sobre la legalización del aborto, y ahora ya no estoy tan segura. No le estaba dando casi ninguna relevancia al poder de la religión, y ahora ya no estoy tan segura.
Ya hablaré al respecto.

No es mi intención presionar a nadie para que vea nada, de hecho me rompe bastante cuando me dicen ‘tenés que ver tal cosa’. Las recomendaciones nos nutren, pero la insistencia…hay exceso de contenidos, y yo ya estoy bastante apabullada como para seguir sumando cosas. No obstante, y como la primera temporada es un poco lenta, debo señalar el contraste impresionante que hay en el ritmo de la primera con respecto a la segunda. Mal. Hablábamos esto el otro día con Richard. Valga el comentario, sin presión ni pretensiones.

 

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